Todo lo que sube tiene que bajar. Más vale...
El camino desde Aguas Calientes a la frontera con Brasil fue difícil de pulsar, porque estaba en una seguridad cómoda compartiendo mis días no solo con un muy buen compañero, sino que con un hombre. A toda mujer o disidencia que lea eso, le resultará casi inmediatamente lógico por qué eso implica una "cómoda seguridad" en el viaje.
Mi compañero, el Mika, con quien nos repartíamos las tareas y decisiones diarias muy equilibradamente, dibujaba sin querer -y, quizás, hasta sin saber- una línea invisible que me protegía del posible peligro que pudiera provenir de los hombres con los que me cruzara en el camino. ¿Será un código, una regla implícita, algo territorial? ¿Será que, como en la antigüedad, las mujeres somos consideradas por ellos sus propiedades y que, al vernos en compañía, suponen que soy propiedad suya y entonces no se meten conmigo, pero no por respeto a mí, sino por respeto a la propiedad de él?
Saliendo de El Carmen vi mi primer árbol de cajueiro del viaje. Casi me sentí en Brasil.
En el camino escuchaba podcast a veces, otras, música y, algunas otras, solamente pensaba con el sonido de los pájaros de fondo a las corrientes reflexivas en movimiento.
Pensé mucho en el miedo; esto que siempre le preguntan a una mujer viajera que viaja sola: ¿Y no te da miedo? Pensaba en el miedo que me provocaba volver a viajar sola, además de los muchos miedos que la sociedad se especializa en situar dentro del relato público para delimitar nuestra capacidad de acción y de ocupación de los espacios (y el clásico "el lugar de una mujer es...", puede ser llenado con: en la casa, en la cocina, al lado del marido, de día, etc, etc, etc).
Pero después de unos kilómetros, la verdad es que me volví a sentir fuerte. Y es un loop ese que se repite y se repite una y otra vez, desde el primer viaje que hice sola (¿será que alguna vez dejará de acecharme ese miedo paralizante que vuelve, cada tanto, como la mala hierba?).
Aunque me encantaría escribir más de eso, pienso que las reflexiones que nos atormentan en esta sociedad machista y patriarcal son tantas, que pueden esperar...pero útil para algunas compañeras que se animen, podría ser compartir lo que hago, sé, redes, y todas las herramientas que nos permiten ejercer nuestra libertad como seres humanos en un sistema que permanentemente nos coarta por la causa única de nuestro género. En cuanto al viaje en bici y en solitario, digo.
Estos pantallazos son de una app de mapas que se llama OsmAnd. Debe haber muchas más, pero esta me ha servido harto para viajar por Bolivia, España y Portugal. A veces tira unos caminos medio raros (de cruzar riachuelos, de senderos con arena o así), pero en general acierta.
Lo que yo hago es buscar los caminos en la opción de los autos. Ahí siempre me da buenas rutas.
Ya
en el camino, como dijo Kerouac, para dormir segura me refugio en esa creencia tan común entre la gente: quien ve mi carpa, o piensa que es una pareja o, en su defecto, un hombre quien está dentro. Así que siempre armo lo más rápido posible e intentando no ser vista por nadie. ¿Loco? Loco. Así es el mundo desde la perspectiva de una mujer...
Para ir al baño, busco las entradas de camino a los campos, dejo la bici apoyada en los portones de las entradas y yo avanzo un poco más, detrás de las plantas.
Para esperar y recibir mi sangre, procuro estar en un lugar cómodo donde poder parar unos días.
Ser mujer es luchar cotidianamente contra un miedo que se vuelve visceral si no somos conscientes de su venida. Es salir a la calle modo ninja, sospechar de las buenas intenciones de cualquier hombre y afinar la intuición como punta de lanza. Es también acuerpar nuestra naturaleza salvaje, vibrar con nuestro útero y nuestra voz, ser magas en el plenilunio y hechiceras el mes completo.
Somos libertad: debemos estar donde queramos y hacer lo que deseemos.
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