Até
Los últimos días que compartí con Isra, mi amigo cletero fluminense flamenguista paranaense, los pasamos en casa de Lázara.
La historia fue así:
La noche anterior paramos en un puente unos kilómetros antes de Teresina. Bajamos al río a buscar lugar para acampar. Era de noche, la bajada empinada, un desnivel considerable en la rivera...pero Isra, del lado del frente, me dijo que era posible armar allá las carpas. Yo ya había encontrado un huequito en ese lado, así que decidí quedarme ahí. Armé la carpa rápido y empecé a bajar mis cosas. Isra volvió del otro lado del río y me dijo:
- ¡¿Ya armaste tu carpa?! Creo que yo voy a seguir hasta la ciudad.
- Y al otro lado del puente, ¿qué? ¿No está bueno?
- No mucho...
En fin; se fue y yo me quedé. Por eso, al día siguiente, llegué sola a la ciudad. La noche anterior había dividido mi agua con Isra, que había terminado la suya en el camino. Así que los últimos kilómetros hasta Teresina, de día, con sol, subidas y sin agua, estaba seca.
Mi primera parada fue en el supermercado. Compré líquido en todas sus formas disponibles.
Me senté en un paradero de micro a tomar los muchos litros, volviendo a la vida gota a gota, retomando la temperatura normal de mi cuerpo grado a grau.
Fue entonces cuando pasó Lázara, una mujer mayor de cabello blanco, largo, y semblante amistoso. Me preguntó si estaba viajando. Me dijo que había vivido en Bolivia unos años; hablamos en castellano. Intercambiamos un par de palabras más y me invitó a su casa. "Para descansar, lavar ropa o quedarte unos días, si quieres", me dijo. Yo, instantáneamente y casi sin pensar -en los días, las fechas, los kilómetros ni Bahía-, acepté la invitación.
En el territorio de Lázara había un río. Junto al río, como muchas otras veces, colgamos nuestras hamacas, donde dormimos la noche que compartimos ahí.
En el territorio de Lázara había un río. Junto al río, como muchas otras veces, colgamos nuestras hamacas, donde dormimos la noche que compartimos ahí.
La llegada de mi amigo a la casa de Lázara fue muy natural. Yo le hablé de él y ella me dijo que lo invitara. Él no se hizo de rogar. Llegó unos minutos después y, rápidamente, congeniaron él y Lázara.
Al día siguiente, y con la premura de la distancia y el tiempo entre las ruedas y mis piernas, decidí retomar la ruta. Israel, en cambio, se quedó algunos días más: conoció a Ayana, la mítica hija de Lázara que estaba de viaje, ayudó con los trabajos de la casa, tuvo un romance del cual no quiso darme detalles y ¡hasta! fue alcanzado por un rayo el día de lluvia torrencial.
Qué linda la amistad que cultivamos con Isra esos dos meses de encuentros intermitentes y rutas compartidas. Aprendimos de nuestras diferencias, nos acompañamos modo supervivencia rescatándonos en los apuros y también reímos mucho.
Después de los muchos kilómetros por estrada de chão, salí otra vez al pavimento: buscando siempre los ríos. Armar, desarmar; ordenar, cocinar.
Y, más una vez, girar las ruedas en la dirección del sol naciente.
Las pendientes en ascenso fueron monstruosas. Llegué a mediodía a Iaciara. Vi que la ciudad tenía un lago; me pareció un buen lugar para esperar que el sol apaciguara su fulgor.
Aunque lo rescaté, aún no sé si sobrevivió. El tiempo lo dirá, me dijo un amigo programador. Mientras espero pacientemente que las últimas moléculas de agua se evaporen con la gracia del clima ardiente nordestino, viajo con una especie de cadáver en tránsito, tótem cibernético, pedazo de máquina en cortocircuito o en estado vegetal.
Preparada para trabajar en esa silla de cemento, con esa vista preciosa, con açaí y agüita de coco, me dispuse a avanzar en la escritura del libro. No vi venir el momento siguiente: con ropa y todo tuve que saltar al río para rescatar mi computador que contemplé sumergirse y perderse lentamente en las aguas oscuras de ese "lago profundo" -como advertía un cartel- y yo pensaba en la laguna redonda de la casa de mi abuela, en los ojos de mar, en un posible abismo infinito de toneladas de separación entre yo, la salvavidas, y mi compu, infancia negligenciada.
Aunque lo rescaté, aún no sé si sobrevivió. El tiempo lo dirá, me dijo un amigo programador. Mientras espero pacientemente que las últimas moléculas de agua se evaporen con la gracia del clima ardiente nordestino, viajo con una especie de cadáver en tránsito, tótem cibernético, pedazo de máquina en cortocircuito o en estado vegetal.
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