Salvador
Hace un mes exacto llegué a esta bahía efervescente. Pasando mil cosas por segundo. Contra todo pronóstico, y una vez más, el peligro está más presente en la boca de las y los afuerinos que en la calle de esta capital de Estado y primera de Brasil. Capital cruel del comercio de seres humanos, pero capital también del acarajé con su dendé, de los gritos histriónicos en cada vereda y de los bailecitos espontáneos todo el tiempo.
La primera vez que Vera Passos, mi amada maestra, visitaba Chile, simultáneamente, por una de esas sincronías inexplicables que sólo entiende el tiempo, yo descubría la danza. 2015, inicio del Gulumapu, donde está el biobío y mi familia materna: allá fue la epifanía. Momento sublime, medio de trance medio surreal, con una pizca de realidad y otra de psicodelia. Mi cuerpo, evanescente, avanzó con la danza. Mucho más rápido de lo que mi cerebro pudiera analizar, pensar u observar. Era el lenguaje mismo del cuerpo en su solemne articulación espacial. La danza me movía. El cuerpo hablaba. Todo tenía un sentido radical. Era presencia radical, a través de la danza. Y el refuerzo de Rolando para saber que era verdad. Apenas terminó el ensayo general, se me acercó y me dijo clavándome la mirada en los ojos: ahora, tú puedes bailar donde quieras. No tenía por qué decir eso, y me lo dijo apenas salí de ese trance potente, de un viaje de leguas.
Al año siguiente, entré a la Universidad de Chile. Hice y deshice mi camino como Penélope confundiendo a los tediosos pretendientes. Yo, curiosa: viajaba, estudiaba, surfeaba y, siempre, pero siempre siempre, intentaba bailar todo lo que pudiera.
10 años después de ese primer encuentro, mío con la danza, de Vera con Chile, estoy en la tierra de la maestra, preparando mi camino a consciencia, entregando como nunca mi existencia fugaz a la danza de fuego, kuifi futxa purrun ta ñi kallüll kentrayulen mongen mew. Así no más! Mapuchezügun mew. Y de nuevo nos congregan las fuerzas que nos mueven, esta vez en el gran cariño de habernos despedido en Arica con la promesa de vernos aquí después de que yo cruzara el continente en bicicleta. Algunos mails fueron, otros vinieron, después conversaciones esporádicas de whatsapp, hasta el reencuentro.
Otra vez.
Esta vez.
Y la felicidad me inunda. Es esto. Es ella, soy yo, es la verdad verdadera, la vida honesta, el viento, el mar, la luna.



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