Estrada de chão
Estrada de chão se llama en Brasil a los caminos de tierra. "Muito chão" dicen, también, cuando ha sido larga la caminada...o "chão pa caramba!", cuando queda todavía mucho para recorrer.
El peor escenario para una ciclista y su bici: camino de tierra. Eso pensaba, al menos, antes de hacer esos 75 km de atajo. Saliendo casi del taller, con plato y cadena recién puestas, dejé atrás el asfalto muy a mi pesar. El minutero bordeaba el atardecer cuando me sumergí en ese cerro atestado de pendientes. La luna, que todavía estaba casi redonda aunque ya menguante en su metamorfosis incesante, se escondía detrás de los cerros dejándome ver el cielo inundado de estrellas.
La primera noche la pasé al costado del camino. Siempre hay un poco de ritual, un poco de locura, un poco de miedo. Todo el mundo hablando de la onza y yo puro queriendo verla...
A la mañana siguiente descubrí que unos 80 metros pasado mi refugio, había un curso de agua corriendo con una poza generosa. La emoción no me dio espacio para preocuparme por la forma en la que -no sabía- iba a cruzar la bicicleta hasta el otro lado del camino.
No quise empolgarme con la belleza del riachuelo que irrumpía esas tierras secas como un oasis. Sabía que unos kilómetros más adelante había un río: Río das Pedras, así que para allá fui.
Y el oasis que me encontré fue grande. Ouromina se llama el poblado junto al río. Ahí conocí a Fabi y a Rayane, que me invitaron café, bolo, y me conversaron mucho.
Mi casa ese día y esa noche fue un montículo que se eregía vestido de árboles: tenía una escalera de piedras para bajar al río y una cocina artesanal, también de piedras. Entre los árboles colgué mi hamaca y, esa noche, dormí con colchón de viento.
¿Por qué el viaje y la itinerancia y no, en cambio, el hogar y la estabilidad? El viaje me entrega ciertas cosas. Igual que la danza, me da demasiado sin preocuparse por pedir a cambio alguna cosa. ¿Es una promesa?, me han preguntado algunas personas cuando les cuento que vengo viajando desde Bolivia en bicicleta. Y no; son estos los mágicos regalos de la existencia. Así como la danza, el viaje es generoso: solo entrega.
Me entrega la posibilidad de despertar muy temprano y dormir muy temprano, también. Posibilidad que este sistema, de pantallas y trabajo, horarios y locomoción nefasta, se ha encargado de ahogar -como mi compu cayendo en el "lago profundo", perdiéndose entre toneladas de cm cúbicos de agua.
El viaje me fortalece: no solo el cuerpo; me fortalece toda. Cada salida es armarse nuevamente de ánimo, de vigor y coraje para enfrentar la carretera que, nadie, nadie sabe nunca que nos depara.
Situaciones. Eso da el viaje. Hay que pensar rápido, reaccionar rápido. Estar alerta, pero, al mismo tiempo, en la calma. ¿Quien puede vivir así, si no?
Los habitantes del viaje: los hermanos árboles, la tierra, los tantos ríos que me lavan el alma; todos ellos me enseñan. Converso con ellos, siempre pido permiso, siempre me despido. Siempre recojo alguna que otra basurita y dejo semillas.
El viaje me ofrece, sobre todo, tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para cantar. Tiempo para escribir, tiempo para arreglar lo que se va rompiendo, tiempo para cocinar, observar, reír.
Esos días de polvo, río, conversaciones, risas y mango fueron una cucharita a mi corazón en un día de lluvia torrencial...con agüita de jengibre y canela en una taza y "un rico". Así fueron. Pasa que en los caminos de tierra todo es un poco más real: los árboles crecen tranquilos, el río corre tranquilo, pasan pocos autos, entonces es muy difícil ver algún animal atropellado. Los animales viven bien, florece lo que tiene que florecer y las personas son humildes, amables y curiosas.
Al final, y después de todo, disfruté mucho ese camino.
La absurda resistencia que tuve -y seguro la tengo aún con otras cosas- me impide abrirme a experiencias que pueden nutrir así tanto mi ser. Entonces paro y pienso: es preciso fexibilizar hasta nuestras mayores certezas.
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