San Matías, a 8 km de Brasil!
Tengo la suerte de poder solapar prácticas tan extravagantes como distantes entre sí. Mi paso por centros universitarios de este y del otro hemisferio han trazado un camino para mí de investigación itinerante. Por otro lado, mi amor por el viaje, los pueblos y las culturas, me han traído hasta el corazón del continente: San Matías.
San Matías es un pueblo grande, aún con algunos tejados hechos de hojas de palmeras entrelazadas, de una cultura exuberante, abierta, donde se disipa realmente la idiosincrasia de un pueblo estrictamente boliviano o íntegramente brasilero. Aquí los modos, músicas y sabores parecen fusionarse permanentemente en clave de sol, de un sol que achicharra todavía en invierno -aunque la clave de la tormenta, truenos y relámpagos, es parte también de sus cantos fronterizos.
Que no vaya a San Matías, me dijeron, que "es zona roja, que hay mucho narcotráfico, que es peligroso, que los caminos son malos. También te puedes encontrar a la fiera y a la sicurí". Y el miedo, miedo, miedo. Y de tantos círculos dados en la Chiquitanía, más los círculos del miedo y la valentía, y del movimiento y la quiescencia, me mareo apenas pudiendo dar un paso por el vértigo.
Pero llegué. Contra todo pronóstico, aquí estoy, en San Matías, un pueblo hermoso. Me dijeron que la gente era muy reservada, que casi no hablaba, porque era zona que pertenecía a cabecillas, que la droga, que la parafernalia y la psicosis colectiva. La verdad es que es la misma gente que he conocido en toda la chiquitanía, pero con un acento más arrastrado, medio caribeño, un poco parecido a la pronunciación brasilera del portugués (me cuesta entenderlo pero, cuando lo entiendo, siempre es gente diciéndome cosas amables). Es loco estar en Brasil en Bolivia, pero así me siento.
Aquí toda la gente es bilingüe: nieta o hija de padre o madre brasilera, niñx que creció viendo dibujos animados en portugués, familias boliviano-brasileras, MPB (música popular brasilera) sonando fuerte en parlantes exageradamente grandes afuera de una casona que tiene en la pared dibujado, con letras de título rimbombante: "KARAOKE".
Las avenidas se pintan de los tradicionales puestos de venta bolivianos, que se pueden encontrar por todas las calles y, en varias esquinas, hay tiendas de açaí. Los supermercados venden guaraná em pó y tereré brasilero, además de algunos chocolatitos y bebidas de fantasía cuyo nombre está escrito en portugués. Estoy pero no estoy. No estoy pero estoy.
Tradición boliviana subvertida; tradición brasilera trastocada. En el no-lugar de esas culturas etéreas, se tocan y fusionan las materialidades de una realidad que se concibe infinita.
Mientras las noticias de las cadenas nacionales de televisión despliegan terror entre las masas hablando de estos paisajes y humanidades como "zona roja", en la zona roja bailamos al ritmo de la música que más pega en Brasil, se cuece lento en los mercados la sopa de maní para la entrada del almuerzo y, salvo los domingos, nos comemos un cuñapé o una empanada de arroz en la plaza del pueblo.
Triste es ver cómo los cercos que construyen los poderes mediáticos tienen tanta fuerza en nuestras cabezas, pero hermoso es encontrarse con la realidad de frente y presenciar la caída súbita, estrepitosa, explosiva de esos mitos de control: las leyendas que nos cuentan en la tele para mantenernos a las personas quietas, tranquilas y solitarias pensando que el de al lado [de la casa de al lado, de la calle de al lado, del pueblo, ciudad, zona, región, país, ∞) nos quiere hacer daño.
<<La otredad>>, el insondable abismo que constituye un sujeto distinto de mí. ¿Tememos de lo extraño o nos envolvemos en el encuentro que nos riega de las enseñanzas que nos puede proporcionar la experiencia de otra vida? Aprender de lo múltiple, lo ajeno, trayectorias diferentes de la propia es difuminar ese constreñimiento en el que nos sume la subjetividad radical: el único punto de vista, la única verdad.
Saltar, atreverse, arriesgar, es también abrirse a la experiencia de la otredad en su radicalidad. Nada enseña más que la empatía (su etimología: em-páthos, en-el sentimiento/experiencia/sentir de la otra persona). Eso modela nuestra personalidad, nuestras decisiones y, por lo tanto, nuestras acciones.
Salir del solipsismo es entrar en lo común; habitar lo social, hacer comunidad.
Un gesto de urgencia inminente, hoy por hoy.
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