Regalos del camino
Me lo tomé con calma. Como el día anterior había avanzado harto camino, podía regalarme más tiempos de refugio en las precarias sombras que ofrecían pequeños árboles junto a la carretera. Y, aunque estaba cansada, la gente también me impulsaba en el viaje.
El día anterior había parado ya una camioneta adelante de mí. Se bajó una señora para regalarme mandarinas. "Acabamos de cosecharlas", me dijo. A mí justo se me había acabado todo el agua, así que inmediatamente después de recibir las mandarinas, me puse a descascar una. Ella se despidió muy cordial pero, después de subir al auto unos segundos, volvió con más mandarinas.
Poco después de recibir esos regalos en forma de fruta, llegué a un pueblo donde vendían no vendían agua de coco. La verdad es que la familia tenía la palmera de coco en su casa y no vendían -fue confuso el momento de decidir cuánto me iban a cobrar-, pero no tenían nada sin carne, yo estaba media deshidratada, así que accedieron a compartir conmigo los frutos de su casa.
Dando vueltas por ahí estaban Juan Pablo y Angelina, un niño de 11 años y su hermana pequeña de 9. Jugamos hula hula, nos reímos, la pasamos bien.
En el siguiente pueblo, pasé a comprar bloqueador y me regalaron un yogurth. De vuelta en la carretera, un automovilista paró a regalarme una bebida energética. Me dijo que me había visto 2 días atrás cerca de Santa Cruz, yo le agradecí con el alma, pero le dije que no tomaba bebida, él me regaló unas galletas de sésamo.
La gente pasaba saludando, tocaban las bocinas, me sonreían. Yo itineraba entre la felicidad exorbitante y la desesperación inminente, siempre maravillada por los paisajes sublimes que se desplegaban a mi alrededor si sabía mirar bien.
Los trazos verdosos de tonalidades innumerables, las nubes delicadamente suspendidas en el tiempo, tiempo sin aire, sin color, sin viento, de hondos blancos de epifanía.
Al frente la música o las palabras; atrás el peso de mis supuestos necesarios.
Encontré en mi trayecto a dos motociclistas, ambos brasileros (un llamado, pensé, de Brasil). El primero se estacionó junto a mí, que miraba sorprendida el paisaje desde el puente, solo para darme una mandarina gigante. El segundo era curioso: quiso saber de dónde era, hacia dónde iba y, por supuesto, desearme buen camino.
Pocos kilómetros antes de llegar a San José de Chiquitos, nos cruzamos con Milton, un camionero que se detuvo frente a mí y, una vez estático, me llamó con señas desde su asiento. De curiosa, fui.
Me quería regalar unas galletas (tan ricas galletas), conversar y, como siempre, desearme buen viaje. Yo, hambrienta y cansada, las recibí con una felicidad irracional.
Fue la última fuerza que necesitaba para llegar a mi destino.
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