Samaipata - Porongo
Serán 3 semanas que recorrí esos caminos de bosque, no recuerdo muy bien...
El tramo, que es casi puro descenso, fue lindo. No solo por los paisajes con el infinito verde de las montañas y esos misteriosos ríos que esconden sus fondos; fue hermoso, tierno, amable, porque me mostró una ruta tranquila. Pero tranquila en el sentido inconmensurable de la palabra. Me demostró que la carretera boliviana no es particularmente peligrosa, que los autos y camiones son, en realidad, muy respetuosos (adelantan a la bici en segunda pista), que el camino no era especialmente difícil -aunque hubo unas subidas con bastante pendiente-, que esos 100 km, eventualmente, los puedo hacer otra vez. Y otra, y otra, y otra. Y otras muchas hasta llegar al Atlántico.
Este puente colgante estaba fuera del camino; lo bueno de la bici es que es paciente: siempre te deja parar, siempre te espera.
Bajando del cerro llegué a la casa de la amiga de la amiga de una amiga ariqueña. El día anterior, en Samaipata, me había quedado donde su mamá y ella empezó a tejer redes que amortiguaron mi caída del último cachito de Los Andes.
"El camino provee", dicen. Yo sonrió y agradezco.
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