Tres cruces y Pozo del tigre
Porque todavía venía saliendo de la influenza o por los kilómetros que había pedaleado el día anterior, me sentía muy cansada.
Paré varias veces en la carretera a comer e hidratarme un poco.
Me desvíe unos kilómetros para entrar al pueblo Tres Cruces, con la fantasía de encontrar ahí linaza, chicha u otro juguito en balde, y comida.
Encontré la casa de la amasandera, compré algunas cosas para el pan y me eché a comer en una banca de la plaza. Aletargada, decidí seguir por algún camino interior para no volver tan pronto a la carretera: era temprano y no tenía apuro.
Los caminos interiores son difíciles, porque es pura tierra y, a veces, arena. Algunas son charcos, otras, ríos. Pero la belleza es incomparable. Hay una poesía de la que sólo sabe el campo: las mariposas refrescándose en los charcos de agua que se levantan en sutiles danzas espirales cuando paso junto a ellas; los animales, pequeños y grandes, escapando de mí o mirándome con curiosidad a lo lejos; las aves yendo y viniendo en vuelos majestuosos, planeando los cielos que hacen parecer tan vibrantes...
De pronto, el camino rural desaparecía en matorrales tupidos. Me di cuenta de que la exploración había terminado y que tenía que volver a la carretera.
La luna salió inmensa por el horizonte y vi el cielo teñirse de rojo y naranjo.
Armé la carpa temprano. Eran casi las 16:00. Quería descansar, descansar, descansar.
Ese día hice solo 50 km. Al día siguiente, pensé, bien temprano, podía tomar el camino de vuelta a la ruta principal y seguir por asfalto (rápido).
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