El manantial, pictogramas en piedra

Hay antiquísimos pictogramas en piedra en distintas partes del mundo (norte de África, este de Europa, Asia central y Oceanía). En el continente, que podemos llamar de Abya Yala -como el pueblo kuna-, Wallmapu -como el pueblo mapuche- o América, se ha narrado la vida en las paredes de zonas en Perú, México, Brasil, Argentina y Bolivia.

Aunque hay muchos sitios arqueológicos de arte rupestre en la Chiquitanía, tuvimos la posibilidad de conocer solamente "El manantial", y de chiripazo.


Amankaya, que ya me había recibido en Porongo, hizo una escapada al este y me invitó a escaparme con ella. Fuimos en patota al sendero del manantial, vimos las pinturas en las rocas, buscamos jaguares, y hasta pasamos por el río de aguas calientes antes de volver a Santiago.
Fue un día de reencuentros -en todos los sentidos.


Hay tan pero tan poca información de estos lugares, que no pude conocer los nombres de las culturas que transitaron estos bosques y usaron esas grutas, probablemente para refugiarse de las lluvias torrenciales que, cada tanto, caen en la región. 
En la entrada estaba ese cartel descriptivo con un poco de información, y otro poco encontré en una publicación del CEPAD: "El relato de la historia".


En esa publicación solamente se dice que las pinturas que hicieron aquí se relacionan fuertemente con otras hechas en el norte de Brasil, estado de Piauí, lo que me hace pensar en el "Peabirú" que, aunque era un camino que supuestamente conectaba el Atlántico con la Amazonía y el Chaco, es probable que también fuera recorrido de centro a norte, oeste y sur.


Sin estudios ni la voz de gente experta, la imaginación vuela: escenas de fiestas por danzas, o de viajes en canoa, ritos de paso, peleas con jaguares y los muchos siglos atrás que estas paredes rocosas eran adornadas con tinturas naturales, permiten abrir mil puertas a todas las posibilidades.

Hace unos días, escuchaba uno de mis podcasts favoritos: Divulvadoras de la historia. Hablaban de la imaginación histórica, y yo me imagino: ¿Qué motivos habrán movilizado a las personas de esos tiempo y de esas culturas a dibujar esas figuras? ¿Había una razón o simplemente dibujaban-siendo? E, incluso, más ¿Tenían noción del tiempo como la tenemos hoy en este occidente ya bien -o, mejor dicho: mal- colonizado? De una estructura lineal que puede ser proyectada hacia adelante y rememorada a través de ese difuso pasado.

Puede ser, por qué no, que el estado de presencia radical colmara cada segundo del tiempo, y en ese presente-siendo de habitar la existencia, el dibujo fuera una ramificación coherente de sus prácticas cotidianas. 


Y no digo con esto, necesariamente, que ese estado fuera similar al nirvana del budismo -aunque tampoco lo podría descartar-, sino que pienso en el árbol, que jamás deja de ser árbol, ni piensa cómo ser un árbol, o cómo llegar de semilla a árbol. Simplemente es siendo. Asimismo el jaguar, el puma, el tucán, el guacamayo...
Digo, antes de que la racionalidad y máximas filosóficas saturaran nuestra vida de pienso, luego existo, de silogismo, de separaciones artificiales entre seres humanos y naturaleza.


Y sentí -sentí e hice- lo que más me resonaba, que era mirar esos trazos con los ojos de una niña: sin intentar descifrar figuras, explicar razones o escenas. 

Bajo la piedra, se suspendió el paso del tiempo, en un abstracto difuso que fundía el pasado de milenios con esas largas respiraciones que me mantenían alerta e intuitiva, sumida en un presente radical de contemplación.


Mirar estrellas o pinturas en las piedras: linda práctica. Ambos paisajes excesivamente lejanos, pero tan sobre nosotrxs, que casi se nos caen encima. Miramos, también, huellas de algo que parecía un felino bastante grande. Amankaya dijo que era un tigre, pero quizás era un jaguar. No lo encontramos...


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