Danza de gardenias
En algún momento, Mikael y mi camino se fundieron en una sola ruta. Sus ojos trazados en el paisaje, su piel de sol en los atardeceres chiquitanos, los pedales de mi bici bamboleando la oscilación de sus pies, nuestros destinos y planes tejiéndose obstinadamente, siempre hilando poco a poquito para no quitarnos el calor de nuestros abrazos.
La convivencia enseña los aprendizajes más hermosos y, también, los más difíciles...es la otra persona el hondo espejo que te refleja desnuda. Desprovista de la comodidad cotidiana citadina, los encuentros esporádicos y las conversaciones superficiales, se desvanecen, súbitamente, todas las caretas.
Jugaba en los árboles; le divertía, también, actuar personajes con especial dramatismo mientras contaba cuentos; y reía, reía y reía. Traía frutas del pueblo, despertaba temprano, tenía un don para encontrar pelícanos y parabas.
"El loco de las semillas", le decía para molestar; "l'homme qui plantait des arbres", se autodecía él, cubriendo de romanticismo literario su linda práctica de transportar semillas: recogía, recolectaba, secaba, guardaba y, más adelante, las regalaba a alguien o las plantaba por ahí, cubierto de un romanticismo literario que no necesitaba figuras retóricas, imágenes ni analogías para vibrar de sublime belleza.
También amaba las hamacas, y leer le traía lindas emociones a un lugar muy profundo de su corazón.
Trató -sin éxito- de enseñarme francés con una canción que amaba. La canción empezaba con la voz de un niño preguntando a su papá qué es el llanto. El papá era un poeta, y se iba en la mansa rama.
Siempre que la cantaba, me bailaba haciendo mímicas de la letra. En una de nuestras clases nocturnas antes de dormir en la que me tradujo toda la letra -mientras yo repetía esforzadamente los párrafos que él pronunciaba con delicada exageración, o exagerada delicadeza-, descubrí lo que significaba esa pantomima tan divertida (nunca había entendido).
Mis clases de castellano eran nivel avanzado. Tanto, que a veces hasta yo me confundía. Bugambilia fue una de las palabras que me pareció importante enseñarle. Las flores más lindas que me acompañan desde la infancia: ahí desplegadas en una enredadera enorme al costado del portón del colegio grande. I° básico inundado de fucsias bugambilias. De seguro, lo más lindo del día por esos días.
Al mika le encantaba jugar con las manos a construir, dibujar, reparar y tocar alguna de las muchas flautas con las que andaba caminando. Sin previo aviso, se ponía a arreglar cosas: los fierros de mi carpa, mi hula hula, el porta-candado de la bici (me di cuenta del arreglo al día siguiente de habernos separado, después de unos 150 km de carretera). También construía maravillosas comidas fraguando lento todo tipo de colores y especias cosechadas desde Canadá hasta Brasil.
Un día paró frente a la casa de una señora, impresionado por las paltas-melones verdes, de una redondez perfecta, que colgaban en el árbol de su patio. La señora era Isabel -más tarde, "abuelita"-. Lo invitó a pasar y le regaló unas tutumas. Rápidamente, mika se volcó a sus experimentos: primero vació las frutas del contenido -que, obviamente, probó...por si las moscas-, después hirvió los cuencos ya vacíos y, finalmente, los adornó haciendo grabados con su cuchillo.
Con la señora Isabel cultivamos un amor profundo durante los días que estuvimos en Santiago de Chiquitos.
No recuerdo bien con qué mazo de cartas empezó nuestra gran pasión por las "tricas" y las escalas, una pasión intempestuosa que se replicó en todas partes por las que giraban las ruedas de nuestras bicis, incluso provocándonos una dura llamada de atención en la oficina de migraciones (pero la fila era infinita, y de alguna forma había que pasar el rato, pienso yo...o qué).
Le enseñé el karioka y el "penseque" -la verdad es que no sé si se llama así-, los dos juegos que jugaba de pequeña. Nuestro ritual era sentarnos en plazas, cafés o en la carpa y jugar una partida (no, nunca era una). A veces apostábamos cosas, pero nunca las cumplíamos.
Primero jugábamos por turnos. Después se nos ocurrió darle al penseque un mayor grado de dificultad: jugar constantemente, sin respetar turnos. A quien primero se le acababan las cartas, ganadorx indiscutible...Nos lo tomábamos en serio. Entonces, volaba un joker por aquí que era cambiado por otra carta allá, también saltaban risas mientras las manos, nerviosas, partían escalas para filtrar en el medio un número repetido, una palabra jocosa, una mirada desafiante de exuberante ridiculez.
Antes de despedirnos, nos abrazamos con sincero respeto y nos deseamos lo mejor. "Creo que te quiero más que al maple", fue de las cosas más lindas que me dijo los últimos días. Yo le dije que había sido muy feliz con él...quizás suene sencillo, pero hay un abismo inextricable en la palabra felicidad que, al decirla en esa frase, me parece casi abrumadora, casi gigante, casi infinita.
No es una felicidad de una buena noticia o de encontrarse 10 lucas en la calle; es una felicidad de plenitud existencial, complementariedad nutritiva, coherente. Simbiosis que es pura energía, energía que es pura potencia.
Sí. Fui feliz con él...




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