Visitas, vueltas y retornos

 Samaipata arde en un fuego templado. Es estela de la magia inevitable que desborda ciertos lugares del planeta: El codo de Los Andes. Qué geografía traviesa, qué sinfonía de verdes agalopados tiñen sus extensiones generosas. 

Samaipata nos mira desde la cúspide y sonríe, casi dejándose deslizar por sus laderas. Pero allá se queda. Montaña sempiterna que congrega hace milenios. Fue mi punto de partida y hoy, a 9 días de cumplir 2 meses de la primera vez que la vi, 

vuelvo a dejarla, 

vuelvo a reconocerla, 

vuelvo a recordarla.

Llena de encanto estás, Samaipata. Enhebras canales potentes entre los corazones de algunas que caminamos por tus suelos fértiles, y nos obligas a impulsar la vida: impulsar el viaje, impulsar la danza, la voz, el arte, la palabra honesta, los ojos francos.

Arrojada al ensueño de haberte visitado una vez más, te difuminas e intensifican tus matices en la onírica acuarela que tu recuerdo cuela en mi memoria. 

Arde en la chimenea el tajibo hecho brazas, aún empapado de risas y del silencio de la imaginación que despierta el bricolaje de las palabras impregnadas en los libros. Chilco. Chilco y tajibo, qué bricolaje más particular. Como mate quemado con maple. 

Eso es el viaje. ¿Será que eso somos? Fugaces vuelos de aves en tránsito, migración continua; la rama en el árbol por semanas y, luego, la que no puede seguir a la bandada, se queda junto al río de venas volcánicas, a los pies del árbol que cada día coloreaban con manchones blancos.

Ahora el verde es completo y, abajo, un pajarito solitario. Yo, en medio del río, mirándolo fijamente apenas con el pelo seco para capear el frío madruguero. "Está sola", me digo sola en medio del abundante río.







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