Bolivia, bricolaje yuxtapuesto de historias que se imbrican

 Al inicio del viaje pensaba -y entiendo que siempre los planes cambian- que mi paso por Bolivia se acotaría a 1 mes, máximo 1 mes y medio. La verdad es que no sé por qué creía eso. Pienso que caí presa de la mitología turística y capitalista que reduce Bolivia a Uyuni, la Isla del Sol y el "Camino de la muerte" -...y a la excursión o el voluntariado en Rurrenabaque.

En ese andar a tientas, entre ruedas y pedales, me tropecé con la increíble región chiquitana, y creo que me faltarían algunas vidas extra para poder empaparme realmente de la abundante y mágica estela que deja tras de sí La Chiquitanía. Irme, de una vez por todas, de este lugar del que me enamoré perdidamente es una gran misión que tengo en la vida: porque quiero bailar en Bahía y porque ya llevo casi 4 meses aquí (o sea que 1 extra...porque Chile ya no tiene la posibilidad de extender la estadía como turista).

Caminata de los abuelos en la fiesta de Santiago de Chiquitos
Foto tomada por Juan Alonso Suárez.

He aprendido mucho de Bolivia. Tuve la suerte de que coincidiera mi paso por la región chiquitana con la lectura de un texto de la socióloga aymara Silvia Rivera Cusicanqui, justo cuando mis pies no podrían estar más sumergidos en el pantanal boliviano. "Un mundo ch'ixi es posible", se titula el libro. Y, aunque el concepto ch'ixi es andino, es perfectamente aplicable también a lxs habitantes del pantanal y la frontera -también a, prácticamente, toda la humanidad...- ¿Qué somos sino un bricolaje difuso, múltiple y desgarrado por la historia?

Foto de foto.
Casa de la Cultura, San Ignacio de Velasco.

En concepto ch'ixi se refiere a lo grisáseo, pero un gris constituido de puntos negros y blancos. Ese gris, comprendido como una totalidad homogénea, anula los puntos negros y blancos, los que representarían nuestras identidades. Así, puntos negros, blancos, identidades indígenas, andaluzas, árabes, gitanas caerían bajo esa palabra mágica, que es el mestizaje.

El mestizaje, sin embargo -dice Silvia Rivera-, no anula nuestras identidades. 

En realidad, el ser-mestizo no existe. Existimos múltiples, pero con multiplicidades bastante claras: con nombre y apellido. Cada ancestralidad se corresponde con una etnia y una cultura determinadas; además de con un acervo gigantesco de saberes, tradiciones y prácticas familiares que han sido transmitidas de generación en generación (también los tránsitos migratorios, las guerras vividas, las violencias y momentos de escisión).

Aprender de esa multiplicidad es una enseñanza permanente del viaje. Cómo el reconocimiento de esa multiplicidad se despliega desde los aparatos gubernamentales ya es un poco más complejo. Pareciera ser que, al menos en Bolivia -y, según el análisis que hace Silvia Rivera, en Ecuador y Colombia tampoco- no sirvió la reforma constitucional cuya base se asentó en el Suma Qamaña aymara (concepto de Buen Vivir, como el Küme Mongen mapuche).


La trascendencia de lógicas coloniales que han penetrado en todos los países del continente, del blanqueamiento, de las políticas de izquierdas y de derechas que pretenden acallar las demandas populares o bien fusionarnos en la figura del buen ciudadano solamente se logrará cuando tanto en la academia como en sociedad nos podamos comprender como seres múltiples y, en esa multiplicidad, se permita y valore la coexistencia.
La multiplicidad, en efecto, es lo contrario a lo totalitario o globalizante, también a las dinámicas capitalistas que tienden a monopolizar, a beneficiar a pocos por sobre muchos, a dinamitar los mercados internos y a devastar la naturaleza -que, en todo caso, debería ser parte también de esa coexistencia.

Bajada al balneario,
San Ignacio de Velasco.

Hay mil formas de resistencia -vi cientos en Bolivia- y de potenciar ese entramado ch'ixi que formamos en todo el continente. Lo primero, sigo sosteniendo, es salir del individualismo, salir a la calle y mirarnos las caras.

Lo siguiente es más complejo, pero por algo hay que partir.


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