Chapada dos Guimarães --> Poço Azul
Han sido paisajes de "serrado", espeluznantes cientos -¿o miles?- de hectáreas de choclo o de plantaciones de algodón, montones de cascadas y 513 km por caminos de tierra y de -casi todos- asfalto.
Recién entrando al mágico Estado de Goiás y todavía a poco menos de 2000 km hasta el destino: la costa atlántica.
Me he aclimatado bien de a poco a Brasil. Me costó, al principio. Fue duro. Me sigue costando, pero ahora la estoy pasando bien en el proceso. Ya no tengo ese miedo de antes, ese clásico miedo de lo que dice la gente, ese de creer que, quizás, me van a robar ("porque Brasil es más peligroso"), que va a ser demasiado caro, que llevo años sin hablar portugués y me va costar retomarlo, que el acoso callejero, que la carretera, el viaje sola y el lugar que debería ocupar siendo mujer.
Otra vez, la narrativa del miedo se fue resquebrajando a cada pedaleo. Otra vez me di cuenta de que la sociedad es experta en inventar mitos que nos paralizan -diría que a todo el mundo pero, sobre todo, a las mujeres y disidencias.
¡Es que Brasil es tan grande! Viene todo en grande. No tiene puntos medios ni medias tintas; es el arcoíris fulminante, atestado de colores como la mantis marina flotando levemente en lo más profundo del mar. Brasil está muy abajo de la superficie que, desde nuestros televisores afuerinos, llegamos a ver: el carnaval de río, los jugadores de fútbol, la samba y el bossa.
Brasil es el ecosistema marino misterioso y enigmático, ese del que lxs espertxs nos dicen que no conocemos ni el 20% (¿Será esa la cifra? Creo que la inventé).
Siempre he tenido emociones contradictorias con Brasil. Me hace recordar esa canción de Lenin que dice: "Ja que eu sou brasileiro e que o som do pandeiro é certeiro e tem direção, já que eu subi nesse ring: o pais do swing, o pais da contradição". Tiene todo lo maravilloso, todo lo terrible; lo más lindo y sublime, lo más violento e insensible; las sonrisas y risas más sinceras, las palabras más rudas y, en fin: Brasil inefable.
La ruta ha sido linda, de muchas pendientes en ascenso y muchas bajadas. Los paisajes, igual de contradictorios que Brasil: Mato Grosso (su traducción es como gran bosque) totalmente asaltado por los fazenderos, depredadores del mato ancestral que cubría estas tierras. La gente, toda tierna, toda curiosa. Nos han regalado varias cosas por el camino, nos han conversado mucho y hecho muchas preguntas.
Hace algo más de una semana, en un puesto de gasolina, conocí a un viajero fluminense (yo pensaba que se decía "carioca", pero me dijo que esos son sólo los que viven en el centro), de Río de Janeiro.
Muy naturalmente, y teniendo la misma dirección, seguimos la ruta juntes. Justo ese día, él pinchó rueda primero, yo después. Nos esperamos, nos prestamos herramientas y, cuando mi pegamento dejó de funcionar, me pasó una cámara que tenía de repuesto (yo andaba sin cámaras, porque confiaba plenamente en mis parches).
Pasamos el cumpleaños de Israel en un lugar paradisiaco, un camping -a sólo 7 km de la ruta principal- que tenía acceso a un río lleno de caídas de agua y pozones.
Hicimos "bolo de cicloviajerx", como un pie de limón frío, ¡ayyy, que quedó rico!
Llegamos a la ciudad más grande de nuestro trayecto, Barra do Garça, y aprovechamos de solucionar todos nuestros problemas citadinos.
De las cosas que pasaron: él rompió su cadena y tuvo que andar como 200 km sin cambios; yo me pegué una garrapata con un perrito muy lindo del camping; pinché rueda unas 4 veces en como 7 días; nos perdimos, nos volvimos a encontrar; unas hormigas gigantes nos cortaron el mosquitero de la carpa. Y así, y así. Todo para llegar a este presente a sumergirnos radicalmente en la existencia: Río do Poço Azul. Un ecosistema que es, al mismo tiempo, oasis y presagio de las pinturas que trazará el camino en los próximos kilómetros.


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