"Las palomas han sido encontradas"

 Es muy difícil hacerse consciente de procesos que se desenvuelven una capa por debajo de lo que nuestros ojos, atentos, miran. Cuestionar nuestra accesibilidad a cosas como el alcohol, procesados, azúcares; explicitar y respetar nuestros límites; localizar -y rechazar- la violencia, aun -o sobre todo- cuando esta se manifiesta a través de pequeños gestos o palabras.

Mi entrada a Brasil ha sido, como Brasil, intensa. Brasil siempre trae todo en grande: el territorio, los Estados y, por lo tanto, las distancias; la música, el fútbol, la alegría, el festejo, la violencia, también...

El día que entré a Brasil, me hicieron un control en un puesto militar. Me hicieron desarmar la bici y abrir todo. Hubo un momento de <<tire y afloje>> donde apelé en ciertas etapas del procedimiento: me parecía exagerado -o, más bien, injusto...considerando que a los autos que pasaban, no les revisaban absolutamente todo, como a mí-, el militar que me revisó medio que tiraba mis alforjas sobre una mesa sucia, etc. Y, bueno, frente a mis alegatos -siempre diplomáticos, porque nunca se sabe; aunque creo que usé la frase "abuso de poder" n.n'- el milico me dijo: si estás tan nerviosa, yo supongo que estás llevando droga y puedo hacerte un examen. Te vas a quedar 4 días acá, que no te podrás ir, esperando a los resultados de tu test de drogas. Claramente, eso sí fue abuso de poder. Además que no estaba nerviosa, solamente no me parecían algunos pasos del procedimiento.

En fin, la situación fome me hizo pensar en la violencia, en la violencia en mi vida. Cuán normalizada tenemos la violencia. Prácticas violentas, algunas explícitas, pero otras que se cuelan como arena imperceptible en el barro en el que, a veces, nos metemos hasta las rodillas.

Pasé el puesto y decidí: no quiero más violencia en mi vida.

¿Es posible eso?

Vivimos en un mundo absurdamente violento. Aún con los milicos y los pacos afuera del escenario, el patriarcado se encarga de violentarnos el resto del año.

Ayer escuchaba que, según una organización internacional, creo que la ONU, para el 60% de las mujeres, el lugar más peligroso para estar es en su propia casa. Ahí es donde sufren las primeras violencias.

O sea, no hay mucho lugar donde escapar.

La conclusión es que debemos ser nuestras propias armadillas, nuestro lugar seguro. Potenciar la fuerza interior, la independencia y autonomía y, sobre todo, creer en nuestras capacidades, en nuestra verdad. Solamente así podemos clarificar y transmitir los límites que nos mantienen en entornos sanos.

Una canalización de este proceso la tuve a través de pesadillas; otra a través del rapé (y, bueno, la primera fue en ese puesto militar).

Aquí, na Chapada dos Guimarães conocí unos poquitos días a una pareja que viajaba en auto por el continente -ellxs, del otro lado del océano- y les llegué a contar de mis pesadillas. Hoy, temprano, partieron dejándome un atrapa-sueños con un mensaje:

Un pequeño regalo para tus pesadillas =)

(las palomas han sido encontradas)

Encantado de conocerte,

Sebastián y Luca.

Me emocionó tanto que lloré -y vuelvo a llorar-, porque hoy me desperté escribiendo una pesadilla más que tuve, la más violenta, probablemente. Y busqué información, y entendí, y dolió. Pero recibir ese regalo, con esa nota, fue una caricia profunda para mi alma...


La otra canalización fue una ofrenda de Pati, mujer de aire y fuego que conocí en Cuiabá. Ella me ofreció su energía junto con el rapé. Viví un proceso fuerte de desintoxicación. Mientras, ella me explicaba que había algo dentro de mí que no le hacía bien a mi cuerpo, a mi ser, y que por eso lo estaba expulsando. Era algo que ya venía pensando hace unos días -desde la revisión en la frontera.

El viaje moviliza situaciones hermosas y, no sé bien por qué maravilla de las sincronías universales, nos junta con las personas indicadas en los momentos precisos.

Sanar es más fácil en movimiento...Agradezco.





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