Avanzando a retazos de camino
Aruanã está a 46 km de Britânia, el pueblo donde estuve los últimos 5 días. Hoy, de madrugada, me despertaron los vecinos, eufóricos por la fiesta del rodeo. Unos entraron al agua, otras gritaban mientras preparaban, con ahinco, sus casas momentáneas, las infancias corrían y jugaban como si fueran las 3 de la tarde.
Desayunamos sandía con Israel. Casi ya cuando estaba partiendo, José salió de su carpa, dándose unas vueltas, desorientado, buscándonos entre el campamento improvisado y la algarabía de la gente.
Me despedí de los dos con un fuerte abrazo ¿Nos veríamos otra vez?
Aproveché el disimulado frío de la mañana con todas mis fuerzas. A las 6:40, el sol ya estaba bien posicionado en el horizonte y, creo, fue una hora la que me perdonó el calor que, unos kilómetros después, me obligaría a entrar en la ciudad -Aruanã- para refugiarme en algún parque abajo de un árbol. 41°, chúpate esa mandarina!
Hoy, de mañana, leí los relatos de mi amigo fluminense. Eran muy descriptivos del viaje en bici. Me di cuenta de que yo no escribo mucho de eso. Creo que hoy, adrede, intenté hacerlo. También pienso...¿Tendría que explicitar eso? No, seguro que no tendría por qué hacerlo.
Hay árboles aquí amarillos, naranjos, rosados, violeta; hay ríos, lagos, riachuelos, nacientes. Hoy paré en la carretera a comer una naranja y vi un tatu. Muy de cerca! Muy tierno era.
Efemérides de poca relevancia histórica. Incluso, en la propia. Árboles, afluentes de agua y animales; lo más emocionante por estos días.
Espero que baje un poco el sol para subirme de nuevo la bici, a ver si la carretera me deja avanzar un poco más antes de entregarme a los sueños de símbolos, retazos de personas conocidas, escenas de lógica absurda, traumas enraizados en un lugar que se pierde dentro de mí.
Ser público, ser privado, ser etéreo. Soy el eco de mi respiración.
Até.
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