Doña Soledad
La ruta es solitaria. Aunque el viaje está lleno de personas, es cada encuentro un suspiro efímero que se desvanece con el viento del atardecer.
Ese viento que danza entre las hojas de los árboles cuando todo enrojece. El ocaso. Como ese momento del día siento que se constituye la vida en este presente. Mis párpados adormecidos sienten pasar a su alrededor imágenes fugaces, caras, emociones y palabras evanescentes que mi memoria apenas logra mirar por el rabillo del ojo para, luego, perderlas entre matorrales tupidos, mala hierba y hierba buena, pastizales altos, cementerios de monocultivo cosechado.
Mi último amigo: Israel. El viento matutino nos encontró, el viento de madrugada nos separa(rá, mañana).
Se cruzan rutas y gozamos de la compañía temporal de otro loco sobre ruedas, de otro viajero, de otro solitario en el mundo. Familias emergen en el camino como callampas después de la lluvia; familias como esporas, igual de frágiles, ramificadas en todas las direcciones, con un cordón umbilical largo, largo, conectado sutilmente todavía a la familia primera, esa hoy virtual, de mensajes esporádicos, cuyas imágenes son reuniones de celebración, todas marcadas por la ausencia de la callampa en bosque lejano, por el autoexilio, por la soledad.
Mañana me alejo, otra vez, de lo poco conocido y familiar que voy construyendo en el camino. Construyo y destruyo. Modus operandi que hace culto a la volatilidad. Volando como pájaro, desintegro en cada pedaleo cualquier atisbo de solidez, de perdurabilidad o firmeza. Con la promesa de googlemaps como rutero, que en 600 km me voy a encontrar con un parque nacional maravilloso, me convenzo de que estoy haciendo lo que quiero, queriendo querer esto, deseando desear ensueños que no duran más de unos cuantos días, pero sabiendo también que hay una razón más fuerte que es, al menos, un humilde anclaje en esta tormenta primaveral desbordante e incierta.
Uno de esos ensueños que deseo y quiero: mi nueva hamaca colgada en la que fue mi casa estos días -y desde donde escribo. Junto al río y entre árboles de cajú, con mis vecinos en los pisos ecológicos de más arriba, José e Israel, pasé unos días de felicidad genuina en Britânia, pequeño lindo poblado de Goiás. Entre trabajo de investigación, momentos compartidos con los otros ciclistas, la guitarra y mi voz, la nostalgia que asecha cada tanto como doña Soledad, siento la tranquilidad de la vida que transcurre orgánicamente con el mundo. Se desenvuelve ella sin mi permiso, bailando jocosa con los ritmos de la naturaleza, sincrónica, casual, intuitiva, espontánea. Yo la miro con dulzura y aprendo.
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