"Rio do peixe, afluente do Rio das Almas"

Desde que retomé la ruta, dejando a los dos meninos en Britânia, meus amigos c:, han sido muchos kilómetros de intentar esconderme del sol; intentar, intentar, intentar, y no lograrlo. Me he encontrado con carteles que nos visibilizan a quienes andamos de "a pie" o en bici, a mano y sin permiso.


Mi primera parada fue en el Rio do peixe. Había una bajada desde la ruta principal a la ribera de arena; mucha gente y "barracas" que habían montado con techos de paja. Era mucha la algarabía, mucha la música, mucha la cerveza. Decidí quedarme en el camino, entre los árboles, al frente de un puestito que se veía cerrado, colgar mi hamaca para ganar tiempo al día siguiente y, así, salir más temprano.



Pero conocí a una familia que me invitó a comer y me insistió para que armara mi carpa en su terreno -un poco más lejos del camino, ahí donde había puesto la hamaca-, y así lo hice. No inauguré la hamaca nocturna...no esa noche.


Pasé Araguapaz sin pena ni gloria, pero con mucho infinito calor. Me quedé en la pequeña estación de buses, abierta, tomando tereré mientras hacía tiempo para que el sol se retirara de un lugar tan protagónico en el cielo. Allá tuve una videollamada con el Lucho: lectura compartida de un texto de Silvia Rivera Cusicanqui. ¿Cómo habitar los pequeños momentos, los detalles del cotidiano, extrapolarlos y hacerlos permanentes, sólidos, replicables? ¿Cómo subvertir la institucionalidad, esta estructura colonial que se nos ha impuesto hasta la médula? nos preguntábamos.


Y entre filosofía, ciencias sociales y bicicleta, seguí mi camino "a solazo", como me dijo una señora una vez, en Cuzco, explicándome el proceso de secado del cacao. 
Últimamente, estoy excesivamente buena para escuchar podcasts. ¡Qué maravilla el invento de las charlas grabadas y compartidas! Me he ido acompañando con lecturas de textos brutales como "Calibán y la bruja", de Silvia Federici, con "Filosofía a la gorra", un taller de lectura (libros de Rodolfo Kusch, Walter Benjamin, Gilles Deleuze y Félix Guattari, entre muchos otros) de un argentino que se las trae; he ido escuchando análisis de profesoras brasileras y mexicanas sobre la sociología de la imagen (metodología de investigación trabajada por Silvia Rivera), de psicología junguiana, de feminismo, de humor, de luchas quilombolas, cuentos mapuche...son muchas horas de bicicleta n.n'

Llegando a Faina, José, uno de mis amigos ciclistas, me recomendó un punto en el mapa: una pequeña playa cerca del pueblo donde se podía acampar. Ahí llegué. Decidí quedarme la mañana siguiente para aprovechar la sombra que, pronostiqué, tendría de los gigantescos árboles que rodeaban el río.


Aproveché esa sombra generosa como nunca. Terminé de leer un texto de Antropología de la muerte, sus apuntes respectivos en el archivo de bibliografía general, comí mucha fruta, verdura, entré muchas veces en el río, lavé ropita con jabón ecofriendly y, aunque me costó desarmar y tomar la decisión de seguir el camino y dejar ese lugar tan cómodo y acogedor, ya no me quedaba agua, así que tuve que partir.

¡E inauguré mi hamaca de noche! Fue en un pueblo pequeño: Caiçara. Llegué tipo 22:00, ya casi todo el mundo dormía. Había pasado unas poderosas cuestas, entonces me sentía muy cansada como para armar la carpa; pensé otra vez lo de salir temprano y, en fin, un sinnúmero de etcéteras en mi cabeza determinaron que ese era el mejor lugar posible para estrenar mi cama de hilos.
Aunque me sentí cúl por ser mochilera acampando en hamaca, debo admitir que no fue la mejor noche. Primero, me despertaron los perros del barrio, que hicieron un mitín para organizarse en mi contra, plantarse en la plaza y ladrar en protesta por mi presencia ahí. Yo bajé de la hamaca para abrigarme, porque había refrescado más entrada la noche; la concentración perruna se disolvió al momento. Me sentí súper ruda. Me desperté otra vez, unas horas más tarde, para abrigarme un poco más. Terminé sacando el saco para sacarme el frío de encima. Y el frío se fue. Más vale..La otra vez, fue por un mosquito. Pero creo que eso fue antes de las otras dos veces.
En fin, una experiencia para repetir sólo con los resguardos necesarios bien presentes. Todavía no sé muy bien cuáles son, pero lo iré averiguando. Mientras más fracasos haya, más antecedentes tendré (tanta filosofía para esas conclusiones, ¿no?...paradojas de la vida).


El camino ha sido abundante. Abundante de conversaciones, abundante de risas, abundante de comidas ricas, de regalos, de música, ¡de desafíos! Desde ese pueblito, bajé a una ciudad que -lo mismo que Araguapaz- ni pena ni gloria tuve ahí; sólo muchas pulpas congeladas de cajú, cajá, mango, maracuyá y un heladito de açaí. Mi favorito.
Pasé el pueblo rapidingo, como dirían lxs hermanxs chiquitanxs, y llegué a un puesto de gasolina donde conocí a Daniel y Cleber, primero, a Lucas, Luís, Reye y "Marquito", después. Lucas me insistió para que tocara guitarra antes de partir, entonces toqué.

Ya me venía preguntando y cuestionando y recriminando mi vergüenza infinita a tocar frente a públicos. Reflexiones sobre el temor al rechazo, el pánico escénico, la ansiedad social. Hasta le había comentado a un amigo sobre ese miedo; pensé que él me podía entender, por compartir, en cierto grado, esta dolencia social. Pero él estaba muy bien, trascendiendo, abriéndose al mundo. Basta, pensé. Tengo que atreverme. Pero ¿cómo? Si me da tanta vergüenza. ¡Difícil accionar en contra de una misma! Pero ahí estaba Lucas, muy buena gente, muy tranquilo, pidiéndome que tocara una canción para ellos. Así que toqué.

Ese fue mi primer público. Lucas, Reye, Marquito y la gente del puesto: un auto pasando por ahí, otro viniendo para acá, os meninos da borracharia...

Mi segundo público fue en Cruzeiro Dourado. Llegué al atardecer. Un pueblito pequeño. Yo entré buscando dónde poder armar la carpa -no me exponía a revivir de vuelta la experiencia de la noche anterior...demasiado pronto- y di con un negocio/bar donde había gente tomando, compartiendo, conversando. Paisaje común de Brasil. Ahí me acerqué y pregunté por la cascada del gigante. Me dijeron que no pasara la noche allá, porque allá hay jaguares y es peligroso, que está todo oscuro y, bueno, el mítico relato del mato a quien todo el mundo teme.
Pregunté si era posible armar mi carpa en algún lugar del poblado para ir a conocer la cascada al día siguiente. Me dijeron que podía armarla dentro del local, si quisiera. Percibieron que iba viajando con guitarra y me pidieron que tocara una canción. Me sentí tan a gusto, que dije que sí -no sin antes hacer el preámbulo de rigor donde verbalizo la mucha vergüenza que me da, hago tiempo, etc.

Habían unas 8 a 9 personas cuando empezó el show. Fue lindo. Como desbloquear, liberar algo que estaba muy dentro de mí estancado, como preso. Mirar la expresión de las personas mientras escuchaban, hacer caras yo intentando transmitir lo que las palabras, extrañas para ellos y ellas, decían, la risa que se me escapaba cada tanto, mis pulmones llenándose de aire y mi estómago y garganta vibrando; todo era apertura, todos canales proyectados a lugares muy remotos del universo. Esa fue mi epifanía de ayer.

Algo que no conté, pero que es también parte constitutiva, esencial e irrenunciable de este presente abundante de abundancia es que estoy llegando a "La capital de la sandía" y, justo justito, ¡¡¡para la fiesta de la sandía!!! Increíble.
Ayer iba cuesta arriba y paré en un puestito que vendía agua de coco y sandía.


Ah, el show de música desplegó muchas bonanzas: me invitaron comida, me invitaron a dormir en una pieza, me ofrecieron llevarme a la cascada, me ¡tantas cosas! que ni podría enumerarlas porque, honestamente, muchas de esas cosas son inclasificables e inefables. Pero aquí una foto de una de ellas:


Soy, en general, una persona que tiene profundo respeto por su presente y mucha fé en el futuro. Hoy, más que nunca, reafirmo esa energía en mis pasos, en las sincronías y milagros del camino, en los encuentros potentes que me deparará la ruta.

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