Último cachito antes de llegar a la Chapada.

Este último día fui remecida por el recado de Elicura Chihuailaf Nahuelpán. Vertiendo palabras llenas de humildad y verdad, permite que los ecos del Wallmapu trasciendan todas las geografías que nos podrían estar alejando de los bosques y sus ríos, los árboles y el rumor de sus hojas, del viento que acompaña el vuelo de los pájaros, los insectos y animales que solamente -y tremendamente- están ahí. Están estando. Una existencia natural que el ser humano debe descubrir tras arduo trabajo, comprendiendo en laboriosa resistencia que todo es parte de todo, que ninguna parte está disociada de este todo y, así, es el ser humano, también, parte de todo.

Entre sus páginas, hoy, leía:




Y como el tiempo cíclico mapuche, aymara, quechua, como el tiempo de la luna, los frutos y las lluvias, del útero y de mis emociones, iré hacia atrás en ese círculo espiral a encontrarme, esquirla a esquirla, con mis recuerdos hasta este presente.


Morro Branco fue mi primera parada después de dejar Goianésia: un pueblo pequeño de unas cuantas casas con calles casi vacías de no ser por los dos niños con los que me crucé en bicicleta. Me habían visto desde el bus escolar, en la carretera. Muy curiosos, me preguntaron de dónde venía, dónde iba a dormir, que si me ayudaban a colgar la hamaca, que si quería conocer su casa en el árbol. Y en el árbol dormí. Ahí: entre rama y rama, mis sueños descansaron etéreos en medio de frágiles retazos de madera construidos por los propios niños.




Me tropecé más adelante con el devastador monocultivo, ese desierto verde desesperanzador: uno homogéneo y totalizante. Todo lo que nos anula. Ser diverso e improductivo para el capital es una pérdida, y casi pareciera que la diferencia fuera reprochable.



Menos mal y más bueno, el apetito voraz de los extractivismos imperantes no ha absorvido todo y, por eso mismo sea, probablemente, aún tenemos la posibilidad de respirar. En ese hondo bosque me sumergí a inhalar bocanadas de aire, inflando mis pulmones como hacen los pájaros en las ramas antes de cantar.
El pozo cristalino, una naciente que alimenta 2 ríos en el territorio, impregnaba el entorno de una paz abrumante. Pienso que esa paz que nacía del agua fue la que me permitió dormir entre tantas arañas y a la intemperie.



Pido permiso a la tierra y al bosque para andar sus caminos, a los espíritus que ahí habitan y al río para limpiarme con sus aguas, en mapuzugun, que es una lengua que está más cerca de la tierra y, pienso, que me conecta en el diálogo con la naturaleza (exterior e interior) mejor que el castellano.




Cuando todo parece venirse abajo, una llamada me devuelve la tranquilidad. Primero, llegar donde María, tan buena y generosa: sus amigas y amigos iban a visitarla seguido al restorán que tenía de lado de su casa. Su contención fue lo primero y, al mismo tiempo, catalizador de todo lo que vendría. El segundo gran aliento fue una conversación de casi 2 horas con mi papá, el Lalo, y mi hermana, la Anto. Motivaciones que me animaron a recorrer esos últimos 45 kilómetros a la Chapada de intensas subidas, largas y repetitivas. Iba feliz, tranquila, como el agua me permitió canalizar esa noche de bosque sin luna.

Paré en un gran puente a mirar el cielo, ya con estrellas. La carretera, ya sola. Más adelante, un letrero de ruta: "Seja bemvindx a Chapada dos Veadeiros".


 

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