Uruana, Rio das Almas, Cirilândia y Goianésia

¡Uruuuana, a capital da melancia! Fue hermoso Uruana hasta que empezó la fiesta. No hay caso...nací defazada en mi edad y en mi tiempo.  Ni el reguetón ni la piscola lograron engancharse en mi alma shilena. Las primeras pistas, quizás, para cuestionar mi chilenidad (menos mal me llegó pronto). Siempre dije que nací vieja. Siempre digo. Lo veo. Todos los días. Mi alma es anciana; mis dedos se emocionan con los palillos y la lana; siempre conecto más con la gente de edad y, cuando voy a ver a mi abuelita al sur, ella me molesta por tomar mate. Tan aviejá que saliste, me dice, ni yo tomo mate. Es de viejos esa weá. Yo tomo café. La Antonieta. Algún día escribiré de ella aquí.
Pero bueno, el día previo a la fiesta de la melancia (mejor conocida como sandía), el panorama se veía un poco así:


Colgué mi hamaca sólo un poco más lejos de donde había armado mi carpa. El río estaba tranquilo, el sol también. Los árboles ofrecían sombras contundentes y la vida era buena. ¡Hasta me pagaron el último proyecto de investigación! Para celebrar, fui al súper, me compré un sartén y tapioca. Ahí inauguré la cocina itinerante de la chef de calle (chef da estrada, como dice mi amigo carioca fluminense flamenguista). Aunque más sería cheff do mato, creo.



Pero como era la fiesta de la sandía, me regalaron una sandía, y comí mucho, mucho, mucho. Compartí con muchas de las millones de personas que estaban en el río festejando y, así y todo, aún teníamos de sobra. Era como un zapallo de grande, pero de esos enormes, como rueda de carruaje de Cenicienta.

Compartí, más que con cualquier otra persona, con Branca. Ella, de Uruana, se me acercó la primera mañana que estuve ahí y se quedó conversándome. Yo, bien bahiana en la hamaca, la escuché tranquila. Así nació nuestra fugaz amistad. Volvía cada tanto a visitar, a traer agua helada, a compartir.


Mi primera noche durmiendo junto a la fiesta de la sandía fue un parto (y eso que nunca estuve en uno...como en una fiestadera de esas). Hasta fuegos artificiales tiraron.

Así que concluí ir embora al día siguiente. Fue.

Fue lindo. Yéndome del pueblo, y por tomar la ruta contraria en un equívoco algo natural en mí, me crucé con un señor que había conocido el día anterior. El señor de la miel. Saliendo del río, todo mojado, me vio de lejos y estuvo un buen rato a mi lado mientras hacía mis tapiocas. Ahí se ofreció a traerme miel. Y no volvió pero, cuando nos encontramos sin previo aviso, aprovechó la sincronicidad para darme la botellita. Qué miel más rica u.u Increíble. No se parecía a ninguna miel de las que probé antes. 

Entonces seguí el viaje animada -como me dicen aquí en Brasil: ¡você é animada!- escuchando poesía de Elicura Chihuailaf, unos relatos cortos -de "La vida es una nube azul"- y un análisis del recado confidencial. "Ternura" fue la palabra que más veces se mencionó en el análisis; "azul", "tierra" y "admapu" las que más pronunció Elicura. Kallfü, mapu y admapu, que es la ley fundamental, vertida desde las entrañas de la tierra y que conserva las relaciones de reciprocidad y respeto entre humanos, así como entre humanos y no-humanos.

Esa noche me quedé en el patio de un ganadero, cuyo terreno daba a la desembocadura del Río de las Almas. Al día siguiente hice una desintoxicación de palabras, internet y comida. La comida, no lo logré mucho, pero fue significativo hacer el intento y observar mis ansiedades.



Me pasé de la 230 a la 251. Nessa trilha, encontrei-me novamente com o Rio do Peixe. Esta foto la tomé justo cuando paró la lluvia: mi primera lluvia brasilera en este viaje c: Amainó el calor, el pavimento dejó de resplandecer ferozmente, la guitarra iba, como siempre, bien tapadita con dos impermeables: uno para el diapasón y otro para la guatita -caja de resonancia, hay quienes dirán...


Llegué tardecito a Goianésia, a puro hacer quereseres. Es ciudad grande, entonces aproveché de atender todos los pendientes, que eran graves pero, al menos, poquitos. Otra vez José, amigo cicloviajero, morador eterno de Britânia -aunque él dice que este miércoles o jueves, ahora sí que sí, parte-, me dio el gran dato para acampar: en el parque Vale Princesa. Y dormí como una princesa, en mi hamaca recién lavada con mi saco recién lavado, y tapizá -cubierta- en repelente.


Dormí excelentemente bien. Ningún punto en común -ah, sí, la hamaca- con la noche del mitín de perros desaforados. Al día siguiente, ordené todo y me fui a hacer mis trámites de día. Uno de esos trámites era ir a un restorán vegetariano o vegano. Bistrô fue el regalo de este día. No sólo un cliente con el que intercambiamos unas pocas palabras, me invitó el almuerzo; el dueño, que desde el comienzo fue muy amable conmigo, se me acercó con una bolsita de papel con un jabón, una medicina para nutrir el caminar y unos chocolates dentro. Comí rico, sano, saludable y recibí muchos presentes del camino. Qué suerte o sincronía, qué maravilla el acontecer de la vida y la sucesión de eventos en los que nos sumerge esta existencia efímera y pletórica -todo al mismo tiempo.


Después de almorzar, me quedé tiempo distendido escribiendo en mi cuaderno, que ya llegó a la última página, sobre el último día. Fue ahí que se me acercó Lincoln. Era muy cordial, de una mirada y sonrisa cándidas. Me preguntó, con mucha curiosidad, por mi viaje. Escuchó atentamente y me contó que su sueño era viajar así; que hace unos años trabajó en un canal haciendo videos sobre viajes; que le costaba encontrar una conciliación orgánica entre las pantallas y la realidad. Esta paradoja de las redes sociales: la sobre exposición en los medios, el deseo misterioso de querer mirar el dispositivo, usarlo, publicar, ver publicaciones, sintiendo, al mismo tiempo, que nos estamos perdiendo de toda esa maravilla de la cual estamos 'generando contenido'. Y pensamos, Lincoln y yo, que lo que hay que generar es vida. Vida, vida y momentos. Él habló de historias.

Se despidió fraternalmente pero, al cabo de unos minutos, volvió. Tenía un collar en las manos con los colores de la serpiente coral. Me dijo que había sido hecho por un pueblo originario -no me dijo el nombre- localizado entre Acre y Mato Grosso, que era un talismán para la protección.


Y así voy dejando esta tierna ciudad. De aquí tengo que salir a la carretera 080. ¡¡¡Ya estoy a tan sólo 270 kilometritos de la Chapada dos Veadeiros!!! Y a 1600 de Itacaré, Bahía n.n'

 

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